Buenos Aires venía caliente. El 11 y 12 de abril, miles de personas se habían plantado en Ciudad Universitaria, a orillas del río, para vivir el Sunsetstrip de Hernán Cattaneo. Seis horas de música, tres círculos gigantes iluminando el atardecer y esa sensación rara, casi inexplicable, que te da la electrónica cuando suena bien, al aire libre, con el agua cerca. Los que estuvieron saben de qué va. Los que no, se lo perdieron.
Y la ciudad todavía tenía el cuerpo vibrando cuando llegó el siguiente golpe.
Porque Buenos Aires no es solo una ciudad con buena escena electrónica. Es la catedral de la música electrónica. .Y en abril de 2026 lo volvió a dejar clarísimo.
Unos días después del Cattaneo, en la Plaza de Mayo pasó algo que, si alguien te lo cuenta sin contexto, pensarias que te están tomando el pelo. La plaza más icónica del país, llena hasta el último rincón. Pantallas gigantes con la cara del Papa Francisco. Miles de personas bailando electrónica como si estuvieran en Tomorrowland — sí, en Tomorrowland, ese festival belga que mueve 400.000 personas cada verano y que es básicamente el Vaticano de la música electrónica — solo que acá no había pulseras de colores ni escenarios de fantasía. Había una plaza con historia, el rostro del Papa en las pantallas y un cura portugués detrás de los platos.
Ese cura es el padre Guilherme. Y si todavía no sabés quién es, tranquilo, te ponemos en contexto.
No era un festival. Era un homenaje por el primer aniversario de la muerte del Papa Francisco. Y también algo mucho más difícil de meter en una sola palabra.
El cura que se viralizó en Lisboa y terminó llenando la Plaza de Mayo
El padre Guilherme Peixoto tiene una historia de vida interesante. Sacerdote portugués, ordenado en 1999, ex rector universitario, capellán militar en Kosovo y en Afganistán. O sea, el tipo no es precisamente lo que uno imagina cuando piensa en un DJ. Pero en la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa en 2023 se subió a una cabina, mezcló techno con fragmentos de discursos del Papa Francisco y el video se fue al mundo. Así, sin más. De repente tenía casi 3 millones de seguidores en Instagram y una agenda que muchos artistas profesionales envidiaría.
Ahora recorre el planeta con su Hope Tour. Buenos Aires fue su última parada.
Y vaya parada
Una noche que no tenía nombre porque no entraba en ninguna categoría
El evento se llamó "Todos, todos, todos" — frase del Papa, claro — y se montó en la Plaza de Mayo con entrada libre y sin mayores explicaciones. Y eso, en parte, explica por qué funcionó tan bien. No había que comprar nada, no había que ser de ningún palo, no había dress code ni protocolo. Familias con chicos, pibes jóvenes, gente mayor, creyentes, curiosos, algún escéptico que se quedó de todas formas. Todos mezclados, todos viviéndolo.
El mensaje entró por el cuerpo, no por la cabeza
Lo que más sorprendió fue cómo estaba armado el set. Las frases del Papa Francisco — "Hagan lío", "Salir a la calle", "Todos, todos, todos" — no sonaban como citas de homilía. Entraban dentro de la música, se cortaban, volvían, aparecían justo cuando el tema subía. No eran palabras sobre la música. Eran parte de la música. Y eso cambia todo, porque el mensaje deja de entrar por la cabeza y empieza a entrar por el cuerpo.
El set arrancó tranquilo, casi contemplativo, con las imágenes del Papa proyectándose en las pantallas mientras el sonido iba ganando peso de a poco. Después vino el techno más melódico, la plaza empezó a moverse, y en algún momento — difícil decir exactamente cuándo — el punto de no retorno. A partir de ahí nadie estaba parado. Drops contundentes, energía en subida constante, remixes que no te esperabas, referencias que aparecían de la nada y te sacaban una sonrisa antes de volverte a meter adentro del ritmo.
Y cuando todo estaba en el pico máximo, el set empezó a bajar. Despacio. Hasta terminar con una versión electrónica del Ave Maria que pegó diferente después de todo lo anterior. Un cierre que no buscaba más adrenalina sino exactamente lo contrario: dejarte ahí, quieto, con todo lo que acababa de pasar todavía en el cuerpo.
Piel de gallina. Así de simple.
Ni misa, ni concierto, ni acto. Las tres cosas y ninguna
El formato es lo que más descoloca y al mismo tiempo lo que mejor explica por qué conectó con tanta gente distinta. No era una misa. No era un concierto. No era un acto institucional. Pero tenía algo de las tres cosas, y esa mezcla rara es exactamente lo que le dio identidad propia.
¿Que generó opiniones encontradas? Por supuesto. Hay quien lo ve como una forma genuina de llegar a generaciones que no entran por la puerta de una iglesia. Y hay quien siente que mezclar esos códigos rompe algo que debería mantenerse separado. Las dos posturas son entendibles. Pero hay algo que no tiene mucha discusión: la plaza estaba llena. Y la gente no se quería ir.
El "lío" se hizo realidad en la ciudad de Francisco
Hay algo poético en que todo esto haya pasado en Buenos Aires, la ciudad del Papa. Que la frase "Hagan lío" — dicha por Francisco a los jóvenes años atrás — se haya convertido en ritmo, en energía, en miles de personas moviéndose juntas en la plaza que lleva el nombre de su país.
No es un concierto que se explica con una reseña. Es una experiencia que se entiende si estuviste ahí, o al menos si te dejás llevar por las imágenes.
La catedral de la música electrónica lo volvió a hacer. esta vez congregando en el centro histórico de la ciudad, a más de 120.000 Almas, con un cura portugués a los mandos de la nave y el espíritu de Francisco flotando entre los drops. Dos horas y media de show que arrancaron a las 20 y terminaron pasadas las 22.30, con una multitud que no quería que terminara.
Durante unas horas, la Plaza de Mayo no fue solo una plaza.Fue una pista de baile. Y qué manera de bailar.
La misma ciudad que dejó sin palabras a AC/DC, que hizo que Bono se detuviera en el escenario sin poder hablar, que convirtió a Coldplay en una religión de estadio. La misma que inventó la vuelta olímpica, que llora y abraza a desconocidos cuando gana la selección, que canta los noventa minutos sin parar y después sigue en la calle hasta el amanecer. Argentina no entiende de medias tintas. Cuando algo le llega, lo vive con todo el cuerpo, con toda el alma, sin reservas.
Si sos argentino, lo entendés solo. Si no... bueno. Hay cosas de Argentina que simplemente no se explican. Se viven.