Un estudio cualitativo realizado por Youniversal, consultora especializada en investigación y tendencias liderada por Ximena Díaz Alarcón, junto a Ser Prójimo Asociación Civil, analizó cómo consumen hoy los sectores populares urbanos y qué estrategias desarrollan para sostener cierta normalidad en un contexto de ajuste permanente.
El estudio puso el foco en los segmentos C3 y D1/DE, hogares de ingresos medios bajos y bajos, para entender cómo cambia el consumo cuando el margen económico desaparece. “El fenómeno no habla únicamente de restricción económica. Habla de cómo se reorganizan las prioridades, cómo cambia la relación con las marcas y cómo se transforma la identidad de clase cuando sostener el consumo se vuelve cada vez más difícil”, explica Ximena Díaz Alarcón.
Según el relevamiento, en noviembre de 2025 los hogares C3 recortaron en promedio 5,5 categorías de consumo, mientras que en D1 la cifra asciende a 6,35 categorías. Solo el 6% de los hogares D1 asegura no haber reducido ningún gasto, y en C3 ese porcentaje apenas alcanza el 13%. Los principales recortes se concentran en ropa y calzado, alimentos no esenciales, salidas y ocio, y productos de cuidado personal y del hogar. Incluso consumos considerados básicos para el entretenimiento cotidiano, como las plataformas de streaming, muestran caídas significativas en los sectores más bajos.
Una de las observaciones centrales del estudio es que el deterioro económico impacta también en el estado emocional de las personas. Mientras en los sectores D1 la negatividad aparece asociada a la dificultad objetiva para llegar a fin de mes, en C3 el malestar está más vinculado a la frustración aspiracional: la sensación de haber perdido cercanía con la idea de clase media.
“No es solamente ajuste. En muchos casos aparece la percepción de descenso social. La caída no se mide solo en ingresos, sino en todo aquello que las personas sienten que dejaron de poder sostener”, agrega Díaz Alarcón.
El hallazgo principal es contundente: las decisiones de consumo dejaron de estar guiadas por el deseo o la aspiración y pasaron a organizarse alrededor de la supervivencia cotidiana. “La gente ya no entra a comprar pensando qué quiere. Entra pensando qué puede sostener. Aparece una lógica de administración extrema, donde incluso productos básicos empiezan a percibirse como un lujo”, explica Ximena Díaz Alarcón, CEO y Cofundadora de Youniversal.
El consumo deja de ser aspiracional y se vuelve táctico: 39% declara estar más atento a promociones y descuentos, 37% compra únicamente lo necesario para el día, 35% prioriza segundas marcas y 31% compra más en mayoristas. En C3 crece la prueba de marcas nuevas y la compra de envases más pequeños para administrar mejor el gasto, mientras que en D1 predomina una lógica defensiva centrada en sostener lo básico.
Uno de los cambios más visibles aparece en la alimentación. La carne vacuna, históricamente asociada al bienestar y a la vida familiar argentina, deja de ocupar un lugar cotidiano y es reemplazada por alternativas más económicas.
“A vos te parece… no poder comer carne, ni un asado se puede hacer”, resume Alan, de 35 años. Las alitas de pollo aparecen repetidamente en los relatos como reemplazo habitual: se consumen fritas, al horno o acompañadas con verduras para “hacer rendir” las comidas. “Vamos a salir volando de comer alitas”, ironiza un grupo de mujeres de entre 30 y 45 años entrevistadas para el estudio.
Para muchas familias, el consumo de carne ya no funciona únicamente como alimento, sino como una medida emocional del bienestar perdido.
Otra transformación profunda es la desaparición de la fidelidad a las marcas. La elección ya no pasa por preferencias personales sino por encontrar lo más barato posible: “Entro al chino y busco lo más barato que encuentre”, “Ya casi no miramos marcas, miramos precios”, se repite entre los encuestados.
Según el estudio, el deterioro del poder adquisitivo produjo un consumo cada vez más pragmático y defensivo, donde las categorías básicas del hogar se administran con precisión extrema.“Compré cinco cosas: dos toallitas, un jabón, un shampoo y un desodorante… gasté 25 lucas”, expresan.
Uno de los hallazgos más significativos aparece en las estrategias de limpieza y cuidado personal. Frente al aumento de precios, muchas familias reemplazan productos líquidos por jabón en barra, diluyen detergentes y desarrollan técnicas domésticas para prolongar la vida útil de la ropa. Mientras algunos afirman que “Yo compro jabón en barra” o “Hay que saber cómo limpiar la ropa. Esa es la cuestión”, otros comentan que con el cuidado de “La ropa es distinto, ahí compro Ala para diluir, hay que cuidar la ropa”. “Para los investigadores, este comportamiento refleja un cambio cultural profundo: el esfuerzo ya no está puesto en consumir más, sino en preservar lo poco que se tiene.
El estudio también detecta un fenómeno creciente: adolescentes y jóvenes que empiezan a generar ingresos desde edades tempranas para cubrir sus propios gastos. Venta de ropa, ferias barriales, reventa y changas aparecen como formas habituales de complementar economías familiares cada vez más tensionadas.
“La crisis acelera procesos de adultez. Muchos chicos empiezan a trabajar no como experiencia o aprendizaje, sino como necesidad concreta para sostener consumos básicos”, señala Díaz Alarcón.
Más allá de los números, el informe muestra un fuerte agotamiento emocional. Expresiones como “hay que sobrellevarla”, “ya va a pasar la tormenta” o incluso “el 2001 fue más fácil que esto” aparecen reiteradamente en las entrevistas.
“El consumo funciona como termómetro emocional de una sociedad. Lo que vemos hoy no es solo caída del poder adquisitivo: es desgaste, resignación y pérdida de horizonte”, concluye Díaz Alarcón.
Desde Ser Prójimo Asociación Civil remarcan que estos cambios impactan directamente en la vida cotidiana de las familias y refuerzan la necesidad de construir redes de acompañamiento y contención social en contextos de creciente vulnerabilidad.
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