Tomelloso, ese lugar de La Mancha de cuyo nombre sí que quieres acordarte

 A menudo se dice que La Mancha es una llanura infinita donde el cielo parece pesar más que la tierra. Pero hay un lugar donde esa horizontalidad se rompe, no hacia arriba, sino hacia el interior de la propia tierra. Ese lugar es Tomelloso.

¿Te imaginas poder tener en un solo rincón de nuestro país historia bajo tierra, cultura, tradición, patrimonio y gastronomía? Todo al alcance, todo reunido para que, en una experiencia que sabes cuándo empieza, pero quizás no cuándo acaba. A cada paso que das hay una nueva sorpresa, un sitio que no pasa desapercibido y atrae tu atención. Detalles que sorprenden, momentos que se quedan grabados, anécdotas con los vecinos que arrancan una sonrisa… Todo está en Tomelloso, y si te lo imaginas, lo vivirás. 
 
Llegar a esta ciudad es entender, de un solo vistazo, que aquí el tiempo ha sido esculpido por el esfuerzo y el vino. Lo primero que saluda al viajero son sus chimeneas. No son torres industriales al uso; son esbeltas columnas de ladrillo que, como faros de tierra adentro, recuerdan el pasado de las antiguas destilerías. Hubo un tiempo en que casi un centenar de ellas punteaban el horizonte, elevándose hasta los 45 metros para dar salida al espíritu del vino. Hoy permanecen elegantes, como monumentos a una ambición que convirtió a Tomelloso en el mayor productor de alcohol vínico del mundo.

Sin embargo, el verdadero tesoro de Tomelloso no se ve a simple vista. Bajo el asfalto y las casas, la ciudad es un queso de gruyère. Durante décadas, los vecinos excavaron a mano más de 2.000 cuevas para albergar las grandes tinajas de barro donde el mosto se hacía vino.

Entrar en una de estas cuevas es descender a un mundo de silencio y frescor constante. La luz entra tímidamente por las "lumbreras", esas rejillas a ras de suelo que uno pisa por la calle sin apenas reparar en ellas. Abajo, el aroma a bodega vieja y la humedad de la arena (el "tosca") envuelven al visitante en una atmósfera de recogimiento casi sagrado. Es una arquitectura del esfuerzo, nacida de la necesidad y de la fe en la propia tierra.

Pero Tomelloso no es solo una ciudad de labriegos; es, por derecho propio, la "Atenas de la Mancha". Es la cuna de los Antonio López —el tío, Torres, y el sobrino, García—. En el Museo Antonio López Torres, un edificio que por sí solo merece la visita por su equilibrada arquitectura de Fernando Higueras, se guarda la luz manchega atrapada en lienzos. Son auténticas ventanas a las que asomarse al campo, las viñas y los rostros de quienes las trabajan con una honestidad cercana.

Ese mismo respeto por la tradición se respira en la Posada de los Portales, en la Plaza de España. Con sus galerías de madera y su aire de otra época, sigue siendo el corazón latente donde se cruzan los caminos de quienes van y vienen.

Si uno decide alejarse apenas unos minutos del centro, el paisaje regala el Bombo. Es quizás la construcción más honesta de la arquitectura popular española: una estructura circular levantada piedra sobre piedra, sin una gota de cemento, sin más argamasa que el equilibrio. Dentro, el agricultor encontraba refugio, hogar y lumbre. Es la mínima expresión de la vivienda y, a la vez, la máxima expresión de la destreza humana.

No se puede hablar de Tomelloso sin mencionar su pan. El Pan de Cruz, con su corteza crujiente y su miga densa, es el compañero inseparable de una gastronomía que sabe a gachas, a migas y a quesos de los que se quedan en la memoria. Y, claro, Tomelloso es vino. Con su Cooperativa Virgen de las Viñas como punta de lanza, la más grande de toda Europa, la ciudad puede presumir de ser el primer productor de alcohol vínico del mundo. Todo aquí tiene una medida justa, un equilibrio entre la aspereza del clima y la generosidad de su gente.

Tomelloso no es un destino de paso. Es un lugar para detenerse, para bajar a las cuevas, para mirar las chimeneas y comprender que, a veces, la belleza más profunda es la que se construye con las manos, en silencio y a ras de suelo.

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